“Siempre a lo grande” se ha convertido en el lema de los Emiratos Árabes Unidos, que buscan constantemente proyectos faraónicos con los que sorprender al mundo. Su última extravagancia está en Dubai: una torre de un kilómetro de alto que, cuando esté acabada de aquí a diez años, se convertirá en el edificio más alto del mundo.
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¿Hará un frío tan insoportable en el piso 300 que no dejará disfrutar las vistas? A unos 1.000 metros de altura, ¿cómo cambian las escalas? ¿Qué tamaño adquieren los coches, la gente, la calle, los árboles, los parques? ¿Aguantaría cualquier temperamento templado reuniones de comunidad en una casa con 100.000 vecinos? Serán preguntas que deberán hacerse en un futuro los habitantes de las ciudades verticales, las hijas mayores de los rascacielos, las amantes, entre pecaminosas y sugerentes, que habitan hoy la imaginación de muchos arquitectos de todo el mundo y a las que los españoles no son ajenos, sino protagonistas. Es el caso de Eloy Celaya, María Rosa Cervera y Javier Gómez, autores del proyecto de la Torre Biónica, un mastodonte pensado para Shanghai, con 1.228 metros de altura, que se fue al traste tras la tragedia de las Torres Gemelas pero que, parece, no ha muerto definitivamente.

